Revista Gastronómica Digital

Los Gabrieles, el templo castizo que Madrid creía perdido (y al que vas a querer volver antes de que te lo cuenten)

Tras más de dos décadas cerrado, el mítico restaurante del Barrio de las Letras recupera su esplendor con una propuesta que mezcla patrimonio, cocina madrileño-andaluza, música en directo y una bodega excepcional.

No es un simple restaurante ni una taberna, es un templo de la historia de la historia más  castiza de Madrid. Forman parte de la memoria colectiva de una ciudad, espacios donde se ha escrito la pequeña historia de Madrid entre conversaciones interminables, copas de vino, artistas improvisando una canción y generaciones enteras compartiendo mesa. Eso es, y siempre ha sido, Los Gabrieles.

Después de más de veintiún años con las puertas cerradas, este icono madrileño vuelve a la vida en la calle Echegaray 17, en pleno Barrio de las Letras, con una reapertura que trasciende lo gastronómico. No se trata únicamente de recuperar un restaurante histórico, sino de devolver a Madrid una parte de su patrimonio cultural, artístico y sentimental. Y eso se percibe desde el mismo instante en que uno cruza la puerta.

Lejos de caer en la tentación de convertir el espacio en uno de esos locales de diseño que podrían estar en cualquier ciudad del mundo, el proyecto ha optado por respetar el alma de la casa. La impresionante restauración de sus históricos azulejos, conocidos durante décadas como la «Capilla Sixtina de los azulejos andaluces», la recuperación de sus salones y la integración de nuevas piezas contemporáneas consiguen un equilibrio admirable entre pasado y presente. Todo respira autenticidad. Se nota que detrás no solo ha habido una importante inversión económica, sino un enorme respeto por la historia del lugar.

120 años de historia, tradición y encuentros que han convertido Los Gabrieles en punto de reunión de generaciones y personalidades. (Foto: Los Gabrieles ©)

Y es que Los Gabrieles nunca fue un restaurante cualquiera. Desde su fundación en 1907 fue punto de encuentro de trabajadores, artistas, toreros, escritores, intelectuales y personajes ilustres. Por sus mesas pasaron Alfonso XIII, Manuel Azaña, Federico García Lorca, Valle-Inclán, Ava Gardner, Antonio Chacón, Manolete o, décadas después, Pedro Almodóvar. Si sus paredes  y reservados pudieran hablar, seguramente llenarían varios volúmenes de anécdotas, romances, conspiraciones, juergas y confidencias. De hecho, buena parte de esa fascinante historia quedó recogida en un libro en  la magnífica investigación realizada por Justin Byrne, un auténtico viaje por la memoria de uno de los establecimientos más emblemáticos de Madrid.

Pero si el continente impresiona, el contenido no se queda atrás. La propuesta gastronómica dirigida por el chef Ander Galdeano entiende perfectamente cuál debe ser el papel de la cocina en un lugar como este: respetar la tradición sin convertirla en un museo. Aquí no hay artificios ni elaboraciones destinadas únicamente a fotografiarse. Hay cocina de verdad. Hay producto, oficio y recetas reconocibles ejecutadas con criterio. Todo es casero, algo que hoy conviene subrayar porque ya no es tan habitual como debería.

La experiencia invita a  comer  y beber desde el primer momento, tanto en su taberna como en su restaurante. Se completa con una de las grandes joyas de la casa: una bodega diseñada por la sumiller Rebeca Bellido que reúne más de 300 referencias nacionales e internacionales. Es una carta pensada para disfrutar sin prisas, donde los vinos de Jerez recuperan el protagonismo que siempre tuvieron en Los Gabrieles, conviviendo con grandes etiquetas españolas y una cuidada selección internacional. Aquí siempre habrá una copa adecuada para cada plato y también para quienes simplemente quieran acercarse a la barra, pedir un vermú, un fino o un amontillado y dejar que el tiempo pase.

Un minucioso proceso de restauración y renovación que afrontó el reto de recuperar cada detalle histórico sin alterar la esencia de uno de los espacios más singulares de Madrid. (Foto: Los Gabrieles ©)

Porque esa es otra de las virtudes de esta nueva etapa. Los Gabrieles no quiere ser únicamente un restaurante. Quiere volver a ser un lugar de encuentro. La música en directo —desde el flamenco hasta el jazz y otros estilos— recupera el espíritu artístico que convirtió este espacio en uno de los grandes referentes de la noche madrileña. Todo sucede de forma natural, sin estridencias, como si el local nunca hubiera dejado de latir.

El servicio acompaña esa filosofía con profesionalidad y cercanía. Un equipo atento, eficaz y bien coordinado que conoce la carta, recomienda con criterio y consigue algo que cada vez se valora más: hacer sentir al cliente como en casa sin perder un ápice de elegancia.

Madrid necesitaba recuperar Los Gabrieles. No solo por nostalgia, sino porque las ciudades también necesitan lugares con alma. Aquí conviven el patrimonio, la gastronomía, la música y la historia con una naturalidad difícil de encontrar. No hay postureo, ni artificios, ni modas pasajeras. Hay autenticidad. Y eso, en los tiempos que corren, es probablemente el mayor lujo de todos.

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