Revista Gastronómica Digital

El Bastardo, donde el fuego abre el apetito y las prisas se quedan fuera

Parrilla vasca, tapeo para compartir y un rincón en Barajas que invita a pedir otra ronda antes de mirar el reloj.

Hay sitios que tienen un peligro enorme. Entras pensando en picar algo rápido, te pides una caña, cae una gilda, alguien dice aquello de «¿compartimos unas raciones?»… y cuando quieres darte cuenta llevas media carta sobre la mesa, la conversación está en su mejor momento y el reloj ha dejado de importar. Pues bien, El Bastardo juega precisamente a eso.

A pocos minutos del aeropuerto de Madrid, este nuevo restaurante aterriza en Barajas con una propuesta que entra sola: buena parrilla de carbón, producto de calidad, raciones generosas y ese ambiente de los bares de siempre donde una comida improvisada acaba convirtiéndose en uno de los mejores planes del día.

El local, amplio, cómodo y con una gran terraza a pie de calle, invita a instalarse sin remordimientos. Una decoración sencilla, con guiños industriales, mucha madera y una iluminación cálida crean un espacio agradable donde todo parece decirte que pidas otra ronda. Porque aquí nadie viene con prisas. Bueno… salvo los que tienen un avión que coger.

La filosofía de la casa es tan simple como acertada: compartir. Aquí las raciones van al centro de la mesa, las manos van y vienen de un plato a otro y siempre hay alguien diciendo aquello de «prueba esto». Y eso, al final, siempre es buena señal.

El desfile empieza con unos clásicos que ya dejan claro por dónde van los tiros. Una gilda de anchoa de las que abren el apetito de inmediato, una excelente cecina con queso  o con unos boquerones perfectos para arrancar sin complicarse demasiado la vida. Después llegan unas patatas rotas que juegan con ventaja: crujientes por fuera, tiernas por dentro y acompañadas de una brava con carácter y un alioli que invita a rebañar el plato sin ningún tipo de vergüenza.

El local, amplio, cómodo y con una gran terraza a pie de calle, invita a instalarse sin remordimientos.

Los torreznos de Soria con patatas revolconas son de esos platos que no necesitan presentación. Crujientes, contundentes y con ese punto adictivo que hace que desaparezcan de la mesa antes de que llegue el siguiente. Y para equilibrar tanto homenaje, aparece una ensalada de cogollos pasados por la parrilla, con queso y una vinagreta de mostaza que aporta frescura y demuestra que hasta una simple lechuga puede ponerse elegante cuando pasa por el fuego.

Pero si hay un rey en El Bastardo, ese es el carbón. Aquí la parrilla no es un complemento; es la protagonista. Las carnes llegan con ese aroma inconfundible que abre el apetito incluso cuando uno ya pensaba que no podía comer más. El chuletón de vaca frisona y el de vaca gallega madurada son un auténtico espectáculo para los amantes de la carne, servidos con pimientos del Padrón y del piquillo como únicos compañeros, porque cuando el producto es bueno no necesita demasiados adornos. También hay un solomillo tierno y jugoso y un magnífico cochinillo lechal que consigue una piel crujiente y una carne que prácticamente se deshace sola.

El pescado tampoco se queda mirando desde la barrera. La lubina a la parrilla terminada a la bilbaína mantiene toda su jugosidad y los gambones marcados al carbón llegan con ese sabor intenso que solo consigue el fuego de verdad.

Y para quienes son más de barra que de mantel, la carta reserva una buena colección de pinchos a la parrilla. Sardinas, pollo o ternera que se disfrutan casi sin darse cuenta mientras siguen llegando cañas, vermús o una buena botella de vino. Porque hay veces en las que el mejor plan consiste simplemente en pedir un pincho más y dejar que la tarde haga el resto.

Cuando parecía imposible encontrar hueco para el postre, apareció uno de esos finales que reconcilian con la gula. Fruta asada de temporada con crema de queso casera. En esta ocasión, un melocotón pasado por la parrilla que estaba sencillamente espectacular: dulce, jugoso y con ese ligero toque ahumado que le daba una personalidad increíble. Para quienes prefieran los clásicos, tampoco faltan una buena tarta de queso y un brownie artesano que ponen el broche perfecto.

El arte de la parrilla vasca al servicio del mejor producto.

Además, su ubicación juega claramente a su favor. A escasos minutos del aeropuerto Adolfo Suárez Madrid-Barajas, El Bastardo es ese restaurante que uno agradece tener localizado. Tanto si vas a coger un vuelo y quieres comer como es debido antes de embarcar, como si acabas de aterrizar y lo único que te apetece es sentarte frente a una buena parrilla para recuperar fuerzas. En cualquiera de los dos casos, la jugada sale ganando.

El Bastardo no viene a descubrir la pólvora. Lo suyo es el fuego. El de las brasas, el de las buenas sobremesas y el de esas mesas llenas de platos donde nadie pregunta de quién es la última croqueta porque aquí se viene a compartir. Es uno de esos sitios donde una caña acaba convirtiéndose en una comida, una comida se alarga hasta el café y el café pide una última copa. 

Y cuando eso pasa, sabes que has dado con un restaurante al que merece la pena volver. Porque el mejor recuerdo de una buena mesa no es solo lo que has comido, sino las ganas que te entran de repetir.

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